viernes, 18 de agosto de 2017

La calle donde viven juntas las cuatro estaciones del año.

 
Ayer fue un día de enorme tristeza en mi ciudad, en la capital de esta tierra de acogida que se llama Catalunya.

Hoy la tristeza lo impregna todo, desde el Tibidabo y hasta la Barceloneta de las tapas y los vinos de los pescadores y los pisos para los turistas.

Unos terroristas asesinaron a catorce personas y dejaron heridos a más de ciento treinta seres humanos, algunos de ellos con serio peligro de también perder sus vidas.
Y eso en nombre de Dios.

El atentando ocurrió en la Rambla de Barcelona, entre la Plaza de Catalunya y el Pla de la Boquería, frente al mercado y la calle del mismo nombre, junto a la calle Quintana, donde se haya el restaurante más antiguo de Barcelona, “Can Culleretes”.

Y eso en nombre de Dios.

Ese pedazo de calle tiene unos seiscientos metros, seiscientos metros de color y de alegría, de vida y de amor, de besos robados al viento y de gitanas con flores, de palabras de amor  al oído y gritos enajenados al firmamento, de júbilos de adolescencia y amores de vejez, de pájaros de trinos enjaulados y conejos de indias y hámsters de niños y niñas, de plantas tropicales y del Maresme, de seguidores del Barça en noches, unas de euforia y otras de depresión, bebiendo el agua de Canaletas que te forzará siempre a regresar a Barcelona, de Ocañas emborrachados de Ciudad Condal y de paraguas decorando la fachada de la casa altanera.

Pero el color de la calle de las cuatro estaciones del año se convirtió en uno sólo, el color rojo de la sangre tiznado del blanco de los huesos desnudos y quebrados y del negro del día fundido con la noche cerrada de la canícula estival.

Y todo en nombre de Dios.

El amanecer siguiente ha sido el que la ciudad entera, mi ciudad, gritó “No tenim por” (“No tenemos miedo”) en una nueva muestra de la valentía y orgullo, de solidaridad y amor por la vida de los habitantes de la Ciudad de los Prodigios.

Los barceloneses sabemos que las estatuas humanas volverán a arrancar sonrisas a los transeúntes, los caricaturistas de Santa Mónica seguirán sorprendiendo con su habilidad en el dibujo rápido de las caras y facciones de nuestros visitantes y nuestros infantes, y sabemos también que algunos “maradonas” seguirán haciendo equilibrios con sus balones viejos para arrancar los ohhhhs!!! de admiración de los turistas, y yo sé que volveré, lo prometo, a comer angulas de Aguinaga en el Restaurante Amaya acompañado de alguna bella mujer a la que me gustaría conquistar, y después espiaremos juntos a los amantes escondidos del Bagdad y a los despistados que se dejan caer por la calle Rovadors y sus proximidades, porque la Rambla de Barcelona volverá a ser el Paseo Universal, y las floristas mostrarán los colores de sus flores y regalarán sus fragancias, los pájaros trinarán alegría y el Liceo ofrecerá sus óperas, conciertos y ballets al mundo entero, porque nosotros, los catalanes, y todos nuestros visitantes, seguiremos paseando por nuestra Rambla, desde el Café Zurich en la Plaza de Catalunya y hasta la estatua de Colón ya besando el mar.

Y lo haremos porque somos así, no en nombre de Dios, y porque como dijo Federico García Lorca, tenemos “La Calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosas de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona”.

lunes, 14 de agosto de 2017

Llantos generosos.


He leído que los campesinos de los campos de soja de Corea del Norte dicen que si conoces un hombre que llora generosamente es porque tiene un corazón generoso.

Yo me emociono con facilidad, y soy lo que aquí calificamos como una persona “de lágrima fácil”.

Pero dudo tener un corazón generoso.

Deberé esforzarme y trabajar mi corazón para que los campesinos nord-coreanos no vean afectado su refrán.

lunes, 7 de agosto de 2017

Hoy es 7 de agosto.

 
Me he despertado y lo primero que he pensado es que hoy hace ocho años que murió mamá. Enseguida he decidido escribir a mis hermanos, y les he propuesto a través del “guatsap” que a las 12 h., cuando el sol está en su punto más alto y por ello más cerca de mamá, más próximo a ella que tanto quería el calor, cada uno de nosotros, estemos donde estemos y en la situación que sea, miremos al cielo y le enviemos un besito exclusivo para ella. Sé que lo está esperando con muchísima ilusión.

La madrugada del ayer domingo, a eso de las cinco horas, cayó un enorme diluvio sobre mi casa en Enveitg, acompañado de piedra y granizo. El resultado es que me destrozó todas las begonias de flor roja y blanca que llevo mimando todo el verano, y que deseaba mostrar con orgullo jardinero a mis hijos y a mis nietas este próximo viernes cuando vengan a pasar unos días a esta casa.

Le dije a una amiga que se baña en aguas del Báltico que estaba a punto de lanzar unos cuantos improperios y blasfemias al cielo para sosegar mi espíritu, pero que me iba a contener no sin gran esfuerzo.
Pero lo peor sucedió al salir de casa por la puerta principal, cuando comprobé que parte del murito de piedra de separación con mis vecinos tampoco había podido resistir la fuerza del agua, se había derrumbado y en su caída había chafado unas cuantas plantas de “clavell de moro” naranja que asimismo he cuidado, podado, regado y abonado con todo mi escaso pero entusiasta saber hacer en los jardines.
He redoblado mis esfuerzos por no blasfemar, y para ello me ha ayudado volver a comunicar con mi amiga del Báltico, porque el simple hecho de explicárselo me recuerda muchas enseñanzas que me transmitió cuando me deshacía en lamentos y sufrimientos por la pérdida de los grandes tesoros del jardín que la vida de cada uno construye, como lo fueron mi compañera y mi madre.
En ninguna ocasión me ha contestado, pero no hace falta. Me entiendo con ella sin necesidad de palabras.

Acaban de tocar las doce horas en el campanario de Enveitg.
He salido al jardín, junto a la huerta, frente a la Sierra del Cadí.
El cielo está gris, nublado, guardando un luto sencillo.
Me he besado las yemas de los dedos de mis dos manos y los he lanzado al cielo.
He repetido la operación varias veces.
Y entre dos nubes de espuma que buscaban el blanco abandonando el gris perla se ha abierto una rendija por la que ha asomado tímidamente un rayo de sol.
Me ha parecido una cuerda que me lanzaba mamá para que yo ascendiese por ella., y casi he cerrado las manos para asirla.

Una golondrina ha sobrevolado mi cabeza y mis brazos y manos que seguían apuntando al cielo, y con su aleteo y su grito algo escandaloso me ha traído el mensaje de mi madre.
La golondrina me ha dicho que no era una cuerda, que debo permanecer con los míos, que sólo era la luz que me reserva mamá para que la traslade y comparta con los que quiero y amo, que me felicitaba por la contención de mi indignación del día anterior, y que el agua de la madrugada de ayer me había querido dejar otro mensaje: que siga construyendo, que siga creando, que siga cuidando las flores del jardín y los frutos de la huerta, que repare el muro que debe detener aquello que no es bueno que se aproxime, que recuerde y no olvide que estamos aquí para mostrar fortalezas y construir y crear, crear y construir, sin detenernos, sin lamentarnos, con ilusión, con energía y con amor, sobre todo mucho amor.

Le he respondido que lo he entendido, mamá.
Y así será.
No desfalleceré.
Mientras, tú, mamá, sigue descansando.
El trabajo es para mí.

Te quiero.

viernes, 28 de julio de 2017

Crónica de El Grito de la Lechuza (última antes de agosto de 2017).

 
En algunas ocasiones, no muchas, la verdad, leo las Cartas de los Lectores de La Vanguardia.
Ayer fue uno de esos días.
Y me encontré con una carta de apenas seis líneas y media y a una columna (La Vanguardia gasta cinco columnas), firmada por Antonio Llenas, de Igualada (Barcelona), que me hizo reflexionar durante un espacio de tiempo mucho más largo que el que tuve que destinar a leer su escueta, breve y concisa carta, por la que además le felicito efusivamente por su agudeza y cinismo bien entendido.

Recordé, sin demasiado esfuerzo, que en mi infancia, adolescencia y primera madurez (es posible que después y ahora también, pero los recuerdos siempre proceden de tiempos lejanos), se decía en la Ciudad Condal que aquel que no era miembro del Club de Polo de Barcelona, o del Círculo Ecuestre de Balmes esquina con la Diagonal, o no disponía de un palco en el Liceo y unos cuantos asientos en la Tribuna del Camp Nou, o no era socio del Real Club de Tenis de Barcelona, o no había sido educado en los Jesuitas, en la Salle de Barcelona o en el Viaró del Opus Dei, no era prácticamente NADIE. Dicho de otra manera, había que haber sido alumno, había que asistir o debías pertenecer a diversos (como mínimo a un par de ellos) lugares reconocidos como ámbitos de influencia social y económica (no tanto políticos) para figurar entre la elite y ser, por tanto, ALGUIEN.

Hoy el tema ha cambiado tanto que casi podemos decir, sin excesivo riesgo de equivocación, que el lugar por el que en algún momento de tu vida has de pasar para ser ALGUIEN es por la prisión madrileña de Soto del Real, so pena de que caso de no pasar por allí seas clasificado como un DON NADIE.
Pero mejor que atender a mis explicaciones será reproducir fielmente la carta del Sr. Llenas, ya que atiende perfectamente al dicho castellano de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

“Cárcel vip”
La prisión de la  madrileña población de Soto del Real se está convirtiendo en una cárcel sólo para vips. Va tomando fuerza aquello que alguien dijo de que si no has pasado por la cárcel es porque no eres nadie”.
Antonio Llenas Dalmases (Igualada).

Mi más sincero aplauso al autor de la Carta y mis mejores deseos de un fantástico agosto para todos, aunque tristemente parece que Mariano Rajoy será un Don Nadie, porque a la cárcel, ese, seguro, no irá.

El Cronista de El Grito de la Lechuza.

domingo, 23 de julio de 2017

“Rebelle”

 
Hoy ha muerto la gata de mis vecinos.
Se llamaba “Rebelle”.
No sé de qué ha muerto, pero era una gata joven.
He visto a mi vecina llorar amarga y cadenciosamente en el jardín. A mí, cuando me ha comunicado que había encontrado a la gata muerta, se me ha nublado la vista, sobre todo el ojo derecho que es el que está haciendo cataratas. No sé muy bien si lloraba por la gata o por ver las lágrimas de mi vecina. Tal vez por ambas cosas.
Su compañero abría un agujero en la tierra de su jardín para enterrar el cuerpo de la gata. Su jardín está junto al mío. La han enterrado y después se han abrazado. Yo me he escondido en casa para no molestar su intimidad, pero veía la escena desde la ventana de mi cocina. He dejado pasar un par de horas y entonces he cortado una rosa encarnada de mis rosales y la he colocado sobre la tumba de “Rebelle”, cubierta con una piedra de pizarra grande.
Se me ha aguado la vista de nuevo.
He regresado a casa y me he emocionado por el llanto de mi vecina. O por la muerte de la gata. Tal vez por ambas cosas.
Las mujeres tienes un llanto sereno y pleno.
Luego he llorado.

martes, 11 de julio de 2017

Chaparrones de verano (rápidos e intensos, pero fugaces) (I).

 

Me ha llevado más de una semana escribir estas líneas, pero debía hacerlo para expulsarlo de mis vísceras.

Tu actitud, y la de tu desconocida amiga, dejó al descubierto toda mi vulnerabilidad.
En ocasiones, en las escasas ocasiones en las que te he tratado, has sido capaz de conseguir que caiga en el desánimo de pensar que acoger en tu propio hogar al prójimo sin tener en cuenta su condición es camino inadecuado, pero afortunadamente me rehago con rapidez y enseguida vuelvo a recuperar el pensamiento de que es decisión acertada.

Así lo hice hace unos días, y una oleada de dolor y después de enorme alivio y satisfacción se manifestó en todo mi cuerpo.

jueves, 6 de julio de 2017

Una historia de nuestra huerta.

 
Ayer casi acabé de plantar la huerta de mi casa.
Casi acabé porque ahora la planto por fases, cuando antes lo hacía todo de golpe, lo cual constituía una equivocación, pues dado que es exclusivamente para consumo propio cuando llegaba el momento de la recolección fácilmente me encontraba con setenta u ochenta ensaladas, treinta pepinos y treinta calabacines, rábanos y zanahorias a mansalva…
Con los ajos y la cebollas no había problema porque se guardan para consumir durante el otoño y el invierno.
Ahora lo hago por fases, y así disfruto de ensaladas durante todo el verano, y además puedo obsequiar a los amigos que visitan mi casa.
Por eso decía que ayer casi acabé de plantar la huerta.

Y cuando estaba en plena labor, lleno de tierra húmeda hasta la coronilla (mira que llego a ensuciarme con mis trabajos hortelanos), recordé una bella historia de hace veintitrés o veintidós años, cuando con mi compañera decidimos iniciar nuestro propia huerta atendiendo los consejos del libro que encontramos y que se titula “El horticultor autosuficiente”.

Era un domingo por la mañana.
A primera hora nos acercamos al mercado de Puigcerdá para adquirir plantel y regresar rápidamente a casa para plantarlo en la huerta, ya preparada desde el día anterior, en el que removimos la tierra, sacamos las malas hierbas, y preparamos los bancales tal y como nos enseñaba el mencionado libro que todavía conservo como uno de mis grandes tesoros.
Antes de comer plantamos ensaladas de diversos tipos (primavera, escarola, roure oscuro, roure verde,…), zanahorias, cebollas de guardar y cebollas tiernas, ajos, pepino, calabacín, tomates, pimientos, berenjenas,…
y regamos ligeramente para que no se quemaran las hojas a causa del fuerte sol del mediodía de julio.

Una vez acabado el trabajo nos sentamos satisfechos en el suelo a contemplar nuestra recién estrenada huerta.
El plantel sembrado se alineaba geométricamente, recto, y lucía orgulloso.
Nosotros dos nos miramos muchas veces, nos sonreímos en muchas ocasiones, nos besamos repetidamente, reímos y nos tendimos al sol con la espalda pegada a la tierra húmeda y nos pareció sentirnos como unos auténticos y experimentados pageses.
Al atardecer regresamos a la huerta para regarla profusamente a través del desvío del agua que baja de las montañas y que hicimos circular por entre los bancales que en su cresta mostraban el plantel y las pequeñas plantas que los mercaderes de Puigcerdá nos habían vendido.
Nos sentimos de nuevo enormemente orgullosos de nuestro trabajo y tremendamente felices de la decisión de cultivar nuestra propia huerta que ese fin de semana habíamos tomado.

Nos despertamos la mañana siguiente algo fatigados y con ciertos músculos tensos y doloridos, pero nada mas darnos los buenos días nos sonreímos de nuevo y los dos sabíamos que era nuestra huerta las que nos hacía sonreír.

Y fue entonces cuando Susan me dijo, Paco, vístete deprisa, ya te ducharás luego, que nos vamos a la huerta a ver si ya han crecido las ensaladas y podemos ver el rojo de los tomates y el naranja de las zanahorias y el verde de los pepinos y el negro de las berenjenas.
Yo la miré sorprendido y algo confuso, pero rápidamente supe que quería jugar conmigo, porque acostumbraba a hacerlo y a mí me encantaba que así lo hiciese, porque además la seducción de su persona alcanzaba puntos álgidos y maravillosos, de una dulzura conmovedora, de una suavidad de caricia lenta y sosegada como el soplo de la brisa.
Bajamos a saltos de nuestra habitación de las golfas de casa y nos dirigimos ligeros hacia la huerta, que se sitúa tras un tupido seto de “leilandis”.

Antes de acceder a la huerta Susan llevó su dedo índice a sus labios para indicarme silencio, que no hiciese ruido, como si la huerta pudiese desaparecer ante nuestra repentina irrupción, e inclinó y recogió un poco el cuerpo como hacen los niños cuando se esconden.
Con un caminar cada vez más lento y silencioso nos situamos junto al seto y asomamos conjuntamente nuestras dos cabezas para contemplar la huerta.
¡ Y descubrimos que allí no había huerta !
No había más que tierra oscura, fría y húmeda, que mantenía los bancales, pero no había ni rastro del plantel sembrado el día anterior.

Nos miramos estupefactos, nos acercamos con el cuerpo ya erguido pero manteniendo un silencio reverencial, y ante la desolación de la tierra nos miramos tan desconcertados que no sabíamos si llorar o arrancar a reír, con nuestra expresión algo desencajada y los ojos excesivamente abiertos.
De repente observamos unos rastros plateados pintados sobre la tierra que iban y venían en todas las direcciones y sin ningún sentido que atendiese a una mínima lógica.
Y entonces comprendimos, y entonces arrancamos a reír convulsivamente, y nos abrazamos y nos besamos con una intensidad que no entendía más que de amores, y por eso allí mismo, sobre la tierra húmeda y fría de la madrugada hicimos el amor apasionadamente, y reíamos mientras nuestros cuerpos se fundía en uno y se amaban y nos rebozamos de la tierra entre besos de indescriptible alegría, y sin decirnos nada supimos que nuestro amor sería eterno.

Después de la ducha y de un desayuno en la mesa junto a la huerta y antes del seto, decidimos que el siguiente domingo volveríamos a comprar plantel en el mercado de Puigcerdá no sin antes preguntar a los pageses y mercaderes qué producto ecológico debíamos adquirir para combatir la voracidad de los caracoles y las babosas que habían devorado  nuestra primera experiencia de horticultores autosuficientes.

Antes de acabar el desayuno nos pareció escuchar unas pequeñísimas risas silbadas en los alrededores de la huerta, y decidimos que eran las babosas y caracoles que reían nuestra felicidad y nuestros estallidos de risa y la sonoridad de nuestros besos y caricias y la miel de  nuestras miradas de amantes.